¡La adoración es algo grande! No podemos poner en una caja cultural o religiosa algo tan inmenso e importante que abarca mucho más que sólo música.
Si se toca la canción que nos gusta en la iglesia decimos, "la alabanza fue genial". En caso de que no se toque lo que nos gusta o que los músicos lo hagan fatal comentamos, "hoy no sentí nada, la alabanza fue muy fría". Dejamos de ir a una iglesia por el "estilo" de la alabanza, y si lo pensamos bien, llegaremos a la conclusión de que estamos más preocupados por lo que recibimos que por lo que damos. La adoración no tiene nada que ver con la emoción, con la atmósfera espiritual, con cómo nos sentimos, ni con si el Espíritu Santo viene o no. ¡Se trata de Dios, solamente de él! Nosotros no adoramos porque sentimos algo, porque somos bendecidos o porque somos salvos, adoramos porque Dios es Dios. Somos criaturas que debemos reconocer a nuestro creador. Si todo va mal en mi casa, si no siento nada en la iglesia o si he tenido un mal día, Dios sigue siendo fiel, justo, bueno y poderoso.
La adoración abarca tres elementos:
Es la que mueve a nuestro ser a adorar. La motivación correcta es la que anhela agradar a Dios y hacer todo para su única y exclusiva gloria. Se trata de él, de lo que él piensa, de lo que le agrada. Cuando nos acercamos a Dios con esta intención las cosas son diferentes. Siempre sabremos que le hemos dado lo mejor, porque no busca lo que tocamos o cantamos, sino la motivación con la que lo hacemos. Lo que nos mueve no debe ser el ambiente musical, la iglesia en la que estamos, o la gente a nuestro alrededor. Debemos escudriñar profundamente nuestra motivación al adorar para no caer en el error de estar más preocupados en agradar a los demás o a nosotros mismos, que en agradar al que es digno de todo lo que somos.
Tenemos que expresar lo que tenemos dentro. Si alguien está enamorado lo expresará de diferentes maneras; cuando nuestro equipo de fútbol juega una final, expresamos nuestro apoyo y lo hacemos de manera bastante visible (si tienes alguna duda, mira un Barça - Madrid y lo entenderás)... En la alabanza debemos usar todos los dones y habilidades que tenemos para demostrar lo que sentimos. La música y el arte son algunas de las muchas maneras que se pueden usar para expresar nuestra adoración a Dios. La alabanza no brota de las emociones, pero las usa para ser expresada. La apatía y la frialdad, en muchos casos, son obstáculos en nuestra adoración personal y corporativa, ya que nos hace observar desde la orilla, como espectadores, cuando deberíamos meternos totalmente en río que viene del trono de Dios.
Nuestra actitud hacia los demás, la obediencia a las autoridades, la generosidad... en fin, todo lo que hacemos, debe ser agradable a Dios. ¿De qué vale sentir algo, llorar, levantar las manos y bailar los domingos, si el resto de la semana no mantenemos esta relación cercana con el Padre? Vivimos vidas independientes, con su propio rumbo y fuera de los propósitos eternos. Tomamos decisiones equivocadas por nuestro egoísmo, y nos importa muy poco cultivar una vida de adoración en nuestro día a día. A Dios le agrada que le adoremos los domingos, pero también le agrada cuando le adoramos en el coche, en nuestro lugar de trabajo, en la universidad, con nuestra familia, e incluso en medio a nuestras luchas. Dios no necesita nuestra alabanza, somos nosotros los que necesitamos adorarle. Cuando lo hacemos nos enfocamos en él y nuestra perspectiva cambia totalmente.
Todo lo musical, lo emocional, lo artístico y demás expresiones de alabanza, deben estar basadas en una buena motivación y acompañadas de una adoración cotidiana. De esta forma seremos adoradores implacables, conectados con el Padre las 24 horas. Que Dios nos ayude a entregarle lo mejor que tenemos en adoración.
Fernando, Madrid
Si se toca la canción que nos gusta en la iglesia decimos, "la alabanza fue genial". En caso de que no se toque lo que nos gusta o que los músicos lo hagan fatal comentamos, "hoy no sentí nada, la alabanza fue muy fría". Dejamos de ir a una iglesia por el "estilo" de la alabanza, y si lo pensamos bien, llegaremos a la conclusión de que estamos más preocupados por lo que recibimos que por lo que damos. La adoración no tiene nada que ver con la emoción, con la atmósfera espiritual, con cómo nos sentimos, ni con si el Espíritu Santo viene o no. ¡Se trata de Dios, solamente de él! Nosotros no adoramos porque sentimos algo, porque somos bendecidos o porque somos salvos, adoramos porque Dios es Dios. Somos criaturas que debemos reconocer a nuestro creador. Si todo va mal en mi casa, si no siento nada en la iglesia o si he tenido un mal día, Dios sigue siendo fiel, justo, bueno y poderoso.
La adoración abarca tres elementos:
Es la que mueve a nuestro ser a adorar. La motivación correcta es la que anhela agradar a Dios y hacer todo para su única y exclusiva gloria. Se trata de él, de lo que él piensa, de lo que le agrada. Cuando nos acercamos a Dios con esta intención las cosas son diferentes. Siempre sabremos que le hemos dado lo mejor, porque no busca lo que tocamos o cantamos, sino la motivación con la que lo hacemos. Lo que nos mueve no debe ser el ambiente musical, la iglesia en la que estamos, o la gente a nuestro alrededor. Debemos escudriñar profundamente nuestra motivación al adorar para no caer en el error de estar más preocupados en agradar a los demás o a nosotros mismos, que en agradar al que es digno de todo lo que somos.
Tenemos que expresar lo que tenemos dentro. Si alguien está enamorado lo expresará de diferentes maneras; cuando nuestro equipo de fútbol juega una final, expresamos nuestro apoyo y lo hacemos de manera bastante visible (si tienes alguna duda, mira un Barça - Madrid y lo entenderás)... En la alabanza debemos usar todos los dones y habilidades que tenemos para demostrar lo que sentimos. La música y el arte son algunas de las muchas maneras que se pueden usar para expresar nuestra adoración a Dios. La alabanza no brota de las emociones, pero las usa para ser expresada. La apatía y la frialdad, en muchos casos, son obstáculos en nuestra adoración personal y corporativa, ya que nos hace observar desde la orilla, como espectadores, cuando deberíamos meternos totalmente en río que viene del trono de Dios.
Nuestra actitud hacia los demás, la obediencia a las autoridades, la generosidad... en fin, todo lo que hacemos, debe ser agradable a Dios. ¿De qué vale sentir algo, llorar, levantar las manos y bailar los domingos, si el resto de la semana no mantenemos esta relación cercana con el Padre? Vivimos vidas independientes, con su propio rumbo y fuera de los propósitos eternos. Tomamos decisiones equivocadas por nuestro egoísmo, y nos importa muy poco cultivar una vida de adoración en nuestro día a día. A Dios le agrada que le adoremos los domingos, pero también le agrada cuando le adoramos en el coche, en nuestro lugar de trabajo, en la universidad, con nuestra familia, e incluso en medio a nuestras luchas. Dios no necesita nuestra alabanza, somos nosotros los que necesitamos adorarle. Cuando lo hacemos nos enfocamos en él y nuestra perspectiva cambia totalmente.
Todo lo musical, lo emocional, lo artístico y demás expresiones de alabanza, deben estar basadas en una buena motivación y acompañadas de una adoración cotidiana. De esta forma seremos adoradores implacables, conectados con el Padre las 24 horas. Que Dios nos ayude a entregarle lo mejor que tenemos en adoración.
Fernando, Madrid

4 comentarios:
Gracias por el post. :)
mm mola
es para meditarlo.
Es tremendamente fácil volverse religioso...
o músico!
Hoy pensaba en lo mismo: si no tenemos una conversación diaria con Dios, la vida es una rayada increíble. Pierdes la conexión que te hace alabar y dar gracias y te conviertes en otra cosa. No sé qué es la otra cosa, pero yo no quiero serlo.
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