El tabernáculo de Moisés era el lugar donde se guardaba el arca del pacto. El arca simbolizaba la presencia de Dios. Contenía la vara de Aarón, con la que Dios los sacó de Egipto, un puñado de maná, el alimento que Dios les envió en su éxodo hacia la tierra prometida, y las tablas de la ley. El tabernáculo de Moisés era enorme, hecho de ricas telas y madera fina cubierta de oro. Tenía tres partes: el atrio exterior, al que podía acceder cualquiera, el lugar santo, al que sólo podía entrar la élite religiosa (los levitas), y, separado por la madre de todas las telas gruesas, el lugar santísimo. Ahí se encontraba el arca del pacto, la presencia de Dios, pero nadie podía entrar. Sólo el sumo sacerdote, y sólo una vez al año. Cuando entraba, le ataban una campanita y una cuerda. Si la campanita dejaba de sonar significaba que el sumo sacerdote había muerto, entonces tiraban de la cuerda para sacarlo, porque nadie más podía entrar allí. Tan terrible era la presencia de Dios.


En la época de los jueces el arca del pacto fue robada por los filisteos, lo que les costó alguna que otra plaga, así que decidieron devolverla. El arca se quedó por ahí, en el limbo del olvido, hasta que David vino a ser rey de Israel. David, que era un adorador, construyó un nuevo tabernáculo para el arca, pero este tabernáculo era muy diferente al de Moisés. No era más que una tiendecilla. Nada de oro, nada de plata. Tampoco tenía zonas diferenciadas, de tal manera que el arca quedaba a la vista de todo el que entrase.

David, el autor de la mayoría de los salmos, no era ni mucho menos perfecto, pero conocía el corazón de Dios. Se cargó la liturgia y la burocracia para que todo el pueblo pudiese entrar en la presencia de Dios y adorar, y se encargó de que se alabase en el tabernáculo día y noche, 24 horas al día, 7 días a la semana.


El tabernáculo de David era práctimente una choza. Se podría incluso decir que era indigna para el arca. Salomón, hijo de David y su sucesor en el trono, construyó el templo más hermoso de la historia de Israel, institucionalizando así el culto a Dios. Pero eso no llegó al corazón de Dios. David, en cambio, le conquistó hasta tal punto que le dejó con una fijación: restaurar el tabernáculo de David.

En aquel día yo levantaré el tabernáculo caído de David,
y cerraré sus portillos y levantaré sus ruinas,
y lo edificaré como en el tiempo pasado.
.......................................................Amós 9:11

Después de esto volveré y reedificaré
el tabernáculo de David, que está caído;
y repararé sus ruinas, y lo volveré a levantar.
............................................................Hechos 15:16

Dios no dijo "levantaré el tabernáculo de Moisés", o "reedificaré el templo de Salomón". Años después del reinado de David los judíos volvieron a jerarquizar el templo, separando el arca del pacto del pueblo por otra gruesa cortina. Tuvo que morir Cristo para volver a romperla, para restaurar el tabernáculo caído de David. Ahora, ¿quién será el que, como David, le pida a Dios una sola cosa: vivir en su presencia todos los días de su vida?



Marta, Madrid
Predicación de Itiel en Amistad Cristiana el 26/5/09


2 comentarios:

kenny dijo...

Wow, nunca lo había pensado así. El otro día estaba hablando con Jaz sobre el espíritu santo y nos dimos cuenta que todas las teorías del contraste entre el antiguo y nuevo testamento no valen con David. Es como un personaje de Nuevo Testamento que se ha colado en el antiguo: porque entendía/conocía/amaba a Dios.
Gracias Marta, es una evidencia más de la bondad de Dios y su deseo de estar cerca de nosotros.

mensajera dijo...

YA!!! a mi me pasó igual, es una revelación total esto.
Que bueno que MArta lo haya escrito aqui!!
Paloma